Desde Málaga, España, Europa.
Dos de Octubre de 2009

La mañana iba transcurriendo apaciblemente. Los indigentes (ya casi los consideró “mis indigentes”), pues casi todos los días vienen a las duchas con una buena disposición y con una compresión envidiable, de todo lo que ocurre en nuestro entorno. Hay una serie de cosas (la ropa interior que acompaña la ducha, la maquinilla de afeitar, y la toalla que se ofrecen) es nueva, de tienda.

No así las camisetas, las camisas y los pantalones o los zapatos, que proceden de donativos.

Por esta razón, unas veces se adaptan a sus pretensiones y medidas, (y gustos), y por lo tanto se van tan contentos y satisfechos. Pero otras veces no es así, y aquellos que ya lo saben esperan a la siguiente semana, de forma amable y comprensiva y ¡ Ya está ¡

Por eso cuando viene alguien nuevo, por vez primera, que no conoce estas elementales reglas, a veces, sin querer te exasperas.

Y eso ha sido lo que me ha ocurrido hoy. Un muchacho joven, me ha presentado el papel solicitando el servicio. Le he ofrecido la toalla, la maquinilla de afeitar, y el "slip". Y como la solicitud ponía "camiseta", le he traído un lote de camisetas, para que escogiese la que mejor se adaptase a su gusto y a su medida.

¡Mira tu que mala suerte¡, entre ellas, venían dos camisas de manga corta que yo, rápidamente he separado para situarlas junto otras varias camisas de manga corta, que existen en “Stock”.

Y digo lo de la mala suerte, porque justamente eran lo que él quería. Con lo cual, se montó una pequeña discusión.

–En el papel–hoja escrita en la que se me indica que elementos he de facilitarle, dice claramente "camiseta" y eso es lo que te ofrezco–dije yo, serenamente.

–Además, te ofrezco varias para que escojas, en vez de traerte sólo una, que es al fin y al cabo lo que en varias ocasiones se me ha dicho que haga.

–Sí, pero yo quiero esas–decía él, señalandome las camisas de manga corta que yo, ya me llevaba al ropero.

Insistí entonces por si acaso no me entendiese.

–¿Tu me entiendes lo que digo? - Pregunte.

–¡Sí, claro ¡–respondió el.

–Pues entonces, por favor, elige entre todas las camisetas que te ofrezco.–Le dije entonces.

–¿Es que acaso, no es todo ropa?–Preguntó él.

–Naturalmente, todo es ropa.–Le dije–la camisa, es ropa. Los pantalones son ropa. La camiseta, es ropa. Los zapatos, son ropa. Pero cada cosa, tiene una denominación concreta, para distinguirla de las demás.

Como los ánimos se estaban exaltando y la sangre iba va calentando, Juanri, mi colega, con mucha más experiencia que yo, había llamado solapadamente por teléfono a la asistente social, que mientras yo llevaba a las camisas al ropero, me la encontré de sopetón, a mi vuelta.

El joven le explicaba las cosas a su manera y claro, cuando el termino con las explicaciones yo, le explique las cosas a la mía. Y finalmente, como no habia acuerdo, le dijo al joven que la acompañase, y ya la cosa se tranquilizó.

Yo, desde mi persona, trató de ponerme en su pellejo. Entiendo que vivir en la calle, a la intemperie, no es un buen trago, y lo siento. Y en ese aspecto, trató de solucionar sus problemas con aquel material del que dispongo.

Pero es cierto que a veces hay personas que creen o pretenden que somos "El corte inglés", y que disponemos de todas las tallas, las camisas de la moda más actual, y los jerséis o abrigos de la temporada venidera, cuando en realidad no es así.

Bien, era el momento de mi "break" O "receso", y así se lo dije a Juanri:

–¡Por favor ¡–Hazte cargo.

Estaba a la espera el Sr. Sandino, que concretamente sabe y conoce todo los intríngulis de la materia. El sólo viene a ducharse, y en algún caso, a por unos pantalones, que por su estructura ósea, son difíciles de encontrar.

Mientras desayunaba me fui tranquilizando, y durante el cuarto de hora del desayuno, me serene. Al bajar, me enteré que el jovencito de marras, simplemente había tomado una ducha y se había ido. Y así, de esta manera, siguió la mañana sin mayor trascendencia. Las 13:00 termine salude a todos, les desee un feliz fin de semana, y fui a coger el autobús a la Alameda.

Apenas tardó el bus en llegar, y me acomodé en uno de los asientos, al final: iba entretenido, leyendo. Cuando llegamos a la estación de "Maria Zambrano", subió un joven y fue justo al cerrar la puerta, cuando sacó un arma y apunto al conductor.

Toda la gente del bus se altero. Algunos, gritaron. Trataron de ocultarse detrás de los asientos, que apenas les cubría.

–Siga mis instrucciones, y nadie saldrá herido–dijo el muchacho.

–Que cada uno se vaya acercando y deposite la cartera y sus joyas, en el centro del pasillo–decía sin dejar de apuntar al conductor, que muy hábilmente había dejado abierta la radio, que estaban escuchando en la central de autobuses.

–Siga por Juan XXIII, hasta que yo le diga–prosiguió el delincuente.

Ya llegar cerca de la "Comisaría de policía", hizo parar el bus. Sin dejar de apuntar al conductor, sacó una bolsa negra de basura, metió en ella todas las carteras los anillos y las joyas, y se dispuso bajar de vehículo para coger un coche que cerca, le estaba esperando.

Pero he aquí, que un francotirador de la policía, precisamente de lo más alto del edificio de la comisaría, estaba atento para tenerle en el punto de mira de su escopeta de largo alcance y una vez que el joven bajo del bus, mientras corría acogerse coche que le esperaba, cuando sonó el disparo que le hizo caer. Casi de inmediato, la gente de bus salió corriendo y trato de ponerse a salvo.

Pero a mí, no sé por qué, se me ocurrió acercarme y mirar. Cuál no fue mi sorpresa al ver que la persona joven, que me miraba ahora, con aquellos ojos apagados, era el muchacho joven con el que había discutido a media mañana, en el centro asistencial…